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HOLA  QUERIDA Y VIEJA ESTACIÓN        

 
LUIS ALFONSO BAZARELLI         

            Sabes que, casi diariamente, la televisión muestra tu imagen?

Es verdad, no te engaño. En algunos intermedios pasan tomas de diversos lugares del país y allí estas vos. No como te conocí, sino en un estado lamentable, decrépito, abandonada. Tus vías, que antaño se mostraban tan limpias y pulidas, que brillaban al sol, hoy esconden su vergüenza entre las malezas que las cubren como apiadándose de ellas.

Cada vez que te veo me invade una enorme pena al recordar cómo eras cuando no imaginábamos que llegaría esta dolorosa decadencia de hoy.

Y me invadió un enorme deseo de volver a verte. Estar allí para comprobar si lo que muestran es real, con todo el ferviente deseo de que sea efecto de un montaje.

Recién, cuando bajé del auto (¿cómo llegar en tren, si ya no corre más?), el corazón parecía querer detenerse; la angustia me cerraba la garganta; mis ojos nublados y húmedos por las lágrimas que pugnaban por salir, se negaban a mostrarme lo que veían. La imagen del televisor es una clara, contundente, irrefutable realidad.

Perdoname si soy grosero, pero estás vieja, casi en ruinas. Tus pisos de madera son sólo tablas rotas, sueltas, que en cualquier momento pasarán a prestar su último servicio en algún brasero, como  en un supremo acto de inmolación;  tus puertas en sus goznes oxidados, con sus vidrios rotos; los galpones vacíos, guarida de alimañas o de desocupados; tus paredes descascaradas; tus mosaicos rotos, no dejan lugar a dudas.

Y tu campana....Tan reluciente ayer, hoy permanece con su badajo inmóvil, mudo, como si hubiese querido suicidarse de pena o de vergüenza.  Imagino cómo te dolerá la soledad, el silencio, el olvido.

¿Te acuerdas de aquella época de bonanza, cuando el país era un gran país, con un venturoso porvenir?

¿Te acuerdas del desfile de carros, chatas, tractores que venían a embarcar la producción del campo hacia la gran ciudad?

¿Recuerdas el intenso movimiento allí, en el almacén de ramos generales “La Blanqueada”, cruzando la calle?  Qué demostración de vida democrática era ver a criollos, judíos, alemanes, charlando, (mientras tomaban una copita de caña, vino, ginebra) sobre precios de la cosecha, rindes, bondades o inclemencias del tiempo; festejando la compra de un tractor nuevo y todo aquello que interesaba a la comunidad rural.
 
DIAGRAMA RED URQUIZA 

¿Y del Jefe de Estación?  Todo un personaje, enfundado en su impecable uniforme oscuro con relucientes botones y la gorra tipo militar con su JEFE  bordado  en dorado bien visible. ¿Y el cambista?  Encargado de la peligrosa maniobra de enganchar y desenganchar vagones,  siempre con aquel imponente farol negro, con una luz roja  en un lado (peligro) y en el opuesto, verde (adelante, vía libre). ¿Y del Auxiliar, del peón, del changarín? Personajes  reconocidos por los vecinos, que te daban vida con su permanente trajinar.

El Jefe, junto al Comisario, el Jefe de Correos, la Directora de la Escuela, el Médico, eran las autoridades salientes del pueblo, representantes de las fuerzas vivas, infaltables en el palco los días patrios.

¿Te acuerdas de cuando eras el centro de la actividad social los días que pasaba el tren de pasajeros rumbo a “la Capital”? Era toda una fiesta. Quince, veinte, treinta minutos (según viniera el tren a horario o atrasado) de intensa actividad que alteraba momentáneamente la monotonía pueblerina.

La gente, familias enteras de los campos vecinos comenzaban a llegar un rato antes de la hora fijada para el arribo del tren. Era la ocasión para intercambiar saludos, novedades, programar visitas con quienes vivían aquí en “el pueblo“.  Mientras, como una forma de calmar la ansiedad en espera de que el Jefe anunciara, mediante un toque de campana, la  inminente llegada del convoy, la concurrencia, en una especie de carrusel, caminaba tu andén de punta a punta en un continuo ir y venir

Siempre pensé que aquel paseo fue el origen de la vuelta a la Plaza, en la ciudad (mal llamada vuelta al perro}. Cuántos romances, cuántos noviazgos, cuántas bodas habrán nacido en esos paseos.

Cuando el jefe recibía el aviso de que el convoy había salido de la “otra estación “, daba un golpe seco a la campana. Ese “tannnngg” recorría la concurrencia como una corriente eléctrica.  En pocos minutos trepidaría el suelo con la llegada del tren. Era el momento de reacomodarse para no perder detalle del suceso.

Si era de día, siempre había alguien que anunciaba “allá  viene “, al divisar a lo lejos la columna de humo que lanzaba la locomotora. Si era de noche, se veía a gran distancia la potente luz del reflector de la máquina.

Al mismo tiempo, la actividad laboral aumentaba. El peón y el changarín cargaban encomiendas y equipajes en la carretilla de dos ruedas, pintada de gris,  y la colocaban a la par de las vías donde  calculaban pararía el vagón de equipajes. Rara vez les fallaba el cálculo

Precedido de un largo silbato, llegaba la formación haciendo temblar tu estructura.

Era el momento en que la gente clavaba su mirada en el interior de los coches, como queriendo descifrar los misterios allí escondidos.

 
ESTACIONES ABANDONADAS DESDE BASAVILBASO A ESTACIÓN HERNÁNDEZ 

Y los comentarios iban desde el elegante vestido de la señora sentada en el coche comedor, al apuesto caballero ubicado en el vagón de primera clase. Desde la mirada soñadora de aquella señorita, a la sonrisa seductora de ese jovencito acompañado de quien parecía ser su madre. No faltaba algún “atrevido” que asomado a la ventanilla hacía un guiño o le arrojaba un beso a alguna niña del andén que, ruborizada, escondía el rostro entre sus manos (aunque con los dedos entreabiertos para no perder detalle). No faltaba la soñadora que creía ver en algún pasajero a su “Príncipe azul” que un día volvería a buscarla para llevarla a conocer la gran urbe.

Finalizada la descarga y la carga de encomiendas y equipajes, y recargada el agua de la caldera de la locomotora, el jefe volvía a tañer la campana, autorizando la partida del convoy.  Con un estruendoso silbato y un sorpresivo escape de vapor que sobresaltaba a quien estuviese cerca, lentamente, como si no quisiera abandonarte, reanudaba su viaje.  Manos y pañuelos que se agitaban en una despedida, personal  al principio, que se volvía general, sin destinatario determinado a medida que aumentaba la distancia. Era un “feliz viaje“ desde un lado y un   ”adiós“desde el otro.

¿Recuerdas la cara de la gente cuando, luego de los saludos de estilo, tomaban rumbo a sus casas? Menudeaban las sonrisas, los diálogos, los comentarios, como si esa pequeña tregua hubiese inyectado nuevas energías.

Entonces tu andén quedaba nuevamente desierto. Hasta el próximo paso. Pero esa soledad era esperanzada, pasajera, pues al día siguiente o al otro, volvería a repetirse la ceremonia. El tren acudiría puntualmente a la cita.

Una soledad muy distinta a la de ahora, total, sin esperanzas, definitiva.

E
STACIÓN ROCAMORA 

Si, ya sé que estás resignada a que nadie más transite tu andén. No está el jefe para dar vida a la campana; el telégrafo no habla más en su código Morse; ya nadie viene a limpiar las malezas de tus vías; ya se fue aquel fabuloso zapucay que anunciaba la llegada y la partida de los trenes, tu razón de ser.

Y ahora yo también me voy querida y vieja Estación. Como se fueron tus visitantes; como se fue el jefe y el personal; como se fueron tantos habitantes del pueblo. Vuelves a quedarte sola. Tal vez más triste que antes, pues mi visita, sin duda, despertó en vos añoranzas de tiempos mejores. Te dejo el emocionado homenaje de quien, muchas veces, transitó tu andén.

¿Quien no te dice que algún día aparecerá alguien que te haga renacer de tus cenizas como el Fénix de la leyenda?

Hago votos para que así sea.


                Caminando por la vía, SANTIAGO DEL ESTERO, ENERO 2004

           




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